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Historia, tanto de Chile como Universal
Cementerio de Apestados de Chillán
Hace algunos días atrás y “hojeando la web” llegué a la página del cementerio de Chillán (www.cementeriomunicipalchillan.cl) y quedé muy sorprendido al enterarme que alguna vez existió un cementerio para las víctimas de la peste, que, como no, se llamó popularmente como “Cementerio de los Apestados”. Lamentablemente, la única información que aparece en dicho sitio es que se ubicaba al poniente de la actual población Vicente Pérez Rosales. Seguramente debió haber estado muy cerca del lugar donde se ubicaba el lazareto que acogía a estos enfermos y que da el nombre a una calle allende la vía férrea (En otra entrada me referí a eso). Traté de averiguar más sobre este desaparecido cementerio, pero no hay ninguna otra información. Solamente sé que se trataría de la epidemia de viruela que afectó a Chile a fines de siglo XIX. Las víctimas de esta enfermedad eran enterradas inmediatamente una vez muertas y sus desdichados familiares no tenían la posibilidad ni siquiera de velarlos o hacerles una misa. Eran inhumados los cuerpos generalmente envueltos en una lona y se les arrojaba un desinfectante de color azulado. Así las cosas, hace un tiempo atrás, pero en Santiago, cuando se construía la autopista Costanera Norte y en las cercanías de Renca se encontró un cementerio de apestados, y precisamente los cadáveres estaban envueltos en lona y tenían esa sustancia azulada desinfectante.
Poco se sabe del cementerio de apestados de Chillán. No conozco la ubicación exacta, no conozco la fecha en que desapareció, o si alguna vez fueron retirados los cadáveres o si sencillamente se construyó encima de él. Simplemente se lo llevó la historia.
El escudo: huemules y caballos. Una curiosidad bicentenaria
Viendo el desfile militar de hoy y el carruaje en que llegó el Presidente de la República que tiene el escudo de Chile grabado, se me volvió a la mente algunas curiosidades respecto al Escudo de Chile actual. Resulta que muchas veces el gobierno encargaba confeccionar al extranjero estatuas, carruajes (como el que vimos hoy) y otros ornamentos. En las especificaciones se incluía que debía traer grabado el escudo de Chile. Sucedió, muchas veces, que los artistas extranjeros no conocían el huemul — animal que va en el costado izquierdo del escudo — y simplemente lo reemplazaban por un animal parecido al caballo o por un caballo derechamente. Así se puede ver en algunos monumentos, como el de la Plaza Sotomayor de Valparaíso, y el de la plaza de armas de Concepción, entre otros.
Bicentenario en Chile
Este 18 de septiembre se cumple un nuevo aniversario desde la primera Junta Nacional de Gobierno de 1810. No es un aniversario cualquiera, pues 200 años nos separan de aquel día ya lejano. Fue el día en que comenzó a gestarse de forma más abierta un proceso que ya se había iniciado años atrás con infructuosos intentos de revolución en contra del colonialismo español.
La identidad de la nación chilena se ha ido forjando por la historia que los mismos chilenos hemos ido escribiendo, y otras veces ha sido la naturaleza la que nos ha dado el carácter que nos identifica. Desde el 18 de septiembre de 1810 se sucedió una guerra entre realistas y patriotas, una verdadera guerra civil, pues los que peleaban en uno u otro bando eran los mismos habitantes de esta tierra divididos entre la lealtad y la libertad.
Melgarejo: un dictador para la historia
Desde que se fundó Bolivia en 1825 hasta el 2010 ha tenido 84 presidentes, es decir, un promedio de 2 presidentes por año, lo que pone a Bolivia como uno de los países con historia más inestable de América y quizás del mundo.
Especialmente durante el siglo XIX fue cuando con más frecuencia se sucedieron un dictador o caudillo tras otro, pero de todos ellos, me quiero referir a uno que es bastante pintoresco y que es símbolo del dictador ignorante y absoluto. Me refiero a Mariano Melgarejo.
Mariano Melgarejo fue Presidente de Bolivia entre los años 1864 a 1871, luego de derrocar y asesinar (se dice que personalmente) a su antecesor Manuel Isidoro Belzú. Sobre este personaje se han dicho y escrito varias anécdotas, de las cuales voy a citar algunas (dejo constancia de que no me consta el rigor histórico de ellas):
La fragilidad humana
El sufrimiento luego de este terremoto ha sido por partida múltiple: Primero, el sismo en sí destruye todo, provocando naturalmente angustia y desesperación en la población. Los servicios básicos se cortan, y nuevamente volvemos de golpe 100 o 150 años atrás, lejos de la comodidad de presionar un botón para iluminar una habitación, o de teclear algo que viaja a la velocidad del pensamiento, o de girar una llave para sacar agua. De golpe volvemos a las velas, a los recipientes que se llenan con el vital líquido en una fuente de abastecimiento común, y el computador que ya no funciona cede frente a la obsoleta radio (a pilas) como medio de información. Nuestro sentimiento de soledad y desamparo va creciendo con las horas. Llega la noche, más oscura que todas, iluminada con una luna que se ve más blanca que de costumbre, y que lejos de tranquilizar, atemoriza, y nos damos cuenta de la miseria humana, pasamos de creernos dioses a volvernos nada. Una vez más la naturaleza ha puesto de rodillas al ser humano y nos ha mostrado cuan frágiles somos.
La noche avanza y nuestros temores también. Corren por las calles como regueros de pólvora los rumores que no hacen sino confirmar que la pesadilla está recién comenzando: se acercan bandas de saqueadores. Doble razón para no dormir en las noches que se hacen eternas. El temor a las réplicas del terremoto y el temor a ver perdido lo que queda de nuestras pertenencias tras el sismo.
La angustia crece al saber noticias de otros lugares, la ruina y devastación son más grandes de lo que creíamos, y siempre habrá alguien que estará peor que nosotros: ese es nuestro consuelo. De la angustia pasamos a un sentimiento de gratitud por haber salidos ilesos de esta. Operan las conversiones instantáneas al cristianismo y damos gracias a Dios.
Son estas catástrofes las que muestran las dos caras más profundas del ser humano, la de la solidaridad y la de un instinto depredador. Es así como vecinos que apenas se saludaban ahora se hablan y se socorren, y como otra gente, ora por desesperación por obtener víveres, ora por sinvergüenzura comienzan a saquear los negocios y casas desamparadas.
Esta es una historia que esta escrita desde siempre. No es la primera vez que sucede en un país llamado Chile ni tampoco en el mundo. Ya ha ocurrido innumerables veces en el pasado y seguirá ocurriendo en el futuro. Las catástrofes desnudan al ser humano física y espiritualmente y lo muestran tal como es, y nos pueden mostrar su entereza y dignidad así como todas sus miserias.
