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Actualidad Nacional

Bicentenario en Chile

image Este 18 de septiembre se cumple un nuevo aniversario desde la primera Junta Nacional de Gobierno de 1810. No es un aniversario cualquiera, pues 200 años nos separan de aquel día ya lejano. Fue el día en que comenzó a gestarse de forma más abierta un proceso que ya se había iniciado años atrás con infructuosos intentos de revolución en contra del colonialismo español.

La identidad de la nación chilena se ha ido forjando por la historia que los mismos chilenos hemos ido escribiendo, y otras veces ha sido la naturaleza la que nos ha dado el carácter que nos identifica. Desde el 18 de septiembre de 1810 se sucedió una guerra entre realistas y patriotas, una verdadera guerra civil, pues los que peleaban en uno u otro bando eran los mismos habitantes de esta tierra divididos entre la lealtad y la libertad.

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Paul Shaefer, la muerte de un pederasta y un crimen por omisión del Estado Chileno

La noticia de la muerte del ex líder de Colonia Dignidad, el alemán y ex nazi Paul Shaefer viene a poner término, al menos para él, a uno de los casos más bullados de la historia judicial de Chile del siglo XX.

La Colonia Dignidad, un enclave alemán instalado en Chile bajo el gobierno de Jorge Alessandri (1958 – 1964), se caracterizó por su hermetismo, férreo control, disciplina espartana, esclavitud y lavado de cerebro, entre otras cosas. Este verdadero campo de concentración ubicado en pleno territorio chileno, fue tolerado, incentivado y protegido por todos los gobiernos hasta el de Pinochet. Nadie se imaginaba que tras los muros y cercas alambradas de Villa Baviera se vivían historias de horror dignas de un campo de concentración de la II Guerra Mundial.

Sin embargo, el más espantoso de los crímenes que se cometieron tras esos muros fue el del abuso sexual reiterado, sistematizado e institucionalizado de menores por parte de Paul Shaefer, a quien los niños eran obligados a llamar “el tío permanente”. El clamor de las víctimas y de sus familiares que por años venían denunciando los crímenes de este enclave alemán y que eran ignorados por las autoridades chilenas por tantos y tantos años han visto que sus clamores se han escuchado, al menos, parcialmente: Paul Shaefer ha muerto como un reo.

Falta mucho, sin embargo, para cerrar definitivamente este negro episodio de la historia nacional, pues hay heridas que aún están abiertas. Muchos colonos, víctimas de los abusos de Shaefer y de su camarilla de criminales aún no logran rehacer sus vidas del todo, y hoy en día viven precariamente, mientras el estado chileno, cómplice por décadas de estos crímenes, les cierra la puerta en la cara, negándose a prestarles la ayuda que requieren para salir adelante, pues muchos de ellos viven en la pobreza.

Esta complicidad por omisión del estado chileno se vio hasta hace poco, cuando Shaefer era el hombre más buscado de Chile, y los tentáculos de su red de protección alcanzaban a las policías y al poder judicial. Es fácil imaginar por qué costó tanto capturarlo. Y esto último ni siquiera fue mérito de la policía chilena, en un hecho que debería avergonzarnos, sino que fue gracias a la labor periodística del programa Contacto de Canal 13. Es así, que años de impunidad llegaron a su fin, y lograron poner tras las rejas a este hombre, que al decir de una de sus víctimas “es el más grande pederasta del mundo”.

Las lecciones que nos deja este caso como sociedad son muchas, pero principalmente es la que el Estado chileno debe proteger más a sus ciudadanos, dotar de mejores medios a las policías, junto con mecanismos de control más eficaces para evitar el fracaso de su trabajo, y por sobre todo, nunca más permitir que se instalen enclaves extranjeros en nuestro país. Lamentablemente, esto último tampoco lo han aprendido, basta ver como el estado chileno permitió la compra de miles de hectáreas en la provincia de Palena por parte del millonario Douglas Tompkins, quien impone su propia ley en pleno territorio chileno.

La fragilidad humana

El sufrimiento luego de este terremoto ha sido por partida múltiple: Primero, el sismo en sí destruye todo, provocando naturalmente angustia y desesperación en la población. Los servicios básicos se cortan, y nuevamente volvemos de golpe 100 o 150 años atrás, lejos de la comodidad de presionar un botón para iluminar una habitación, o de teclear algo que viaja a la velocidad del pensamiento, o de girar una llave para sacar agua. De golpe volvemos a las velas, a los recipientes que se llenan con el vital líquido en una fuente de abastecimiento común, y el computador que ya no funciona cede frente a la obsoleta radio (a pilas) como medio de información. Nuestro sentimiento de soledad y desamparo va creciendo con las horas. Llega la noche, más oscura que todas, iluminada con una luna que se ve más blanca que de costumbre, y que lejos de tranquilizar, atemoriza, y nos damos cuenta de la miseria humana, pasamos de creernos dioses a volvernos nada. Una vez más la naturaleza ha puesto de rodillas al ser humano y nos ha mostrado cuan frágiles somos.

La noche avanza y nuestros temores también. Corren por las calles como regueros de pólvora los rumores que no hacen sino confirmar que la pesadilla está recién comenzando: se acercan bandas de saqueadores. Doble razón para no dormir en las noches que se hacen eternas. El temor a las réplicas del terremoto y el temor a ver perdido lo que queda de nuestras pertenencias tras el sismo.

La angustia crece al saber noticias de otros lugares, la ruina y devastación son más grandes de lo que creíamos, y siempre habrá alguien que estará peor que nosotros: ese es nuestro consuelo. De la angustia pasamos a un sentimiento de gratitud por haber salidos ilesos de esta. Operan las conversiones instantáneas al cristianismo y damos gracias a Dios.

Son estas catástrofes las que muestran las dos caras más profundas del ser humano, la de la solidaridad y la de un instinto depredador. Es así como vecinos que apenas se saludaban ahora se hablan y se socorren, y como otra gente, ora por desesperación por obtener víveres, ora por sinvergüenzura comienzan a saquear los negocios y casas desamparadas.

Esta es una historia que esta escrita desde siempre. No es la primera vez que sucede en un país llamado Chile ni tampoco en el mundo. Ya ha ocurrido innumerables veces en el pasado y seguirá ocurriendo en el futuro. Las catástrofes desnudan al ser humano física y espiritualmente y lo muestran tal como es, y nos pueden mostrar su entereza y dignidad así como todas sus miserias.

Los chilenos: el pueblo más terco del mundo

Chile es uno de los países más sísmicos del mundo. Cada 20 o 25 años el país sufre un terremoto devastador que destruye lo que los chilenos construyen con esfuerzo y esmero. El país cae, y los chilenos lo reconstruyen una y otra vez. Así ha sido desde los tiempos de la conquista, cuando las nacientes ciudades eran devastadas ora por los terremotos ora por los nativos en guerra contra el conquistador. Los terremotos han sabido forjar con destrucción, muerte y sufrimiento el carácter del chileno, han pasado a ser parte de nuestra identidad nacional, como lo pueden ser la cueca y las empanadas.

Tercamente, este pueblo levanta una y otra vez lo que la naturaleza derriba en pocos segundos. Esta ha sido la constante en la historia de Chile, con un pueblo que ha sufrido pocas guerras pero a cambio ha sufrido constantemente el embate de las fuerzas de la naturaleza.

Basta con revisar la historia de la mayoría de las ciudades chilenas y nos encontraremos con que han sido fundadas más de una vez, incluso trasladadas de un sitio a otro. Mi ciudad, Chillán, ha sido fundada cuatro veces y trasladada en dos ocasiones (1751 y 1835) producto de su destrucción por sendos terremotos.

Este terremoto del 27 de febrero pasado será uno más de la larga lista de sismos que le precedieron y que destruyeron el país. Será uno más de los que vendrán en los años, décadas y siglos por venir. Y será esta una de las tantas veces que nos levantaremos luego de la catástrofe, de la misma manera en que ya lo han hecho nuestros ancestros en similares situaciones. Todos los chilenos de hoy somos descendientes de gente que ha sobrevivido a algún terremoto. En las estadísticas, un chileno con una vida de duración promedio vivirá (o mejor dicho sobrevivirá) a lo menos a dos terremotos.

La historia se hará cargo, como ya lo ha hecho, de registrar estos episodios, y los chilenos sabemos que ese es el precio que hay que pagar por vivir en esta larga y angosta franja de tierra.

Chile: una pobre colonia

Chile siempre ha tenido una relación complicada con el Perú. Ya en la colonia, lo que hoy es el Perú ayer era el virreinato, de los más ricos de los que tenía la corona española, con una aristocracia arrogante, un aparato complejo y un glamour notable. Mientras Chile, una de las colonias más pobres de la américa hispana, ubicada al fin del mundo, con una guerra interminable contra los indígenas, era la hermana pobre y cenicienta del glamoroso virreinato peruano. Todo esto produjo que a esta pobre y remota capitanía se le mirara en menos. Ningún funcionario del virreinato quería ser transferido a Chile y todos los funcionarios coloniales de Chile querían irse al Perú, pues eso significaba un ascenso social.

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