Bicentenario en Chile
Este 18 de septiembre se cumple un nuevo aniversario desde la primera Junta Nacional de Gobierno de 1810. No es un aniversario cualquiera, pues 200 años nos separan de aquel día ya lejano. Fue el día en que comenzó a gestarse de forma más abierta un proceso que ya se había iniciado años atrás con infructuosos intentos de revolución en contra del colonialismo español.
La identidad de la nación chilena se ha ido forjando por la historia que los mismos chilenos hemos ido escribiendo, y otras veces ha sido la naturaleza la que nos ha dado el carácter que nos identifica. Desde el 18 de septiembre de 1810 se sucedió una guerra entre realistas y patriotas, una verdadera guerra civil, pues los que peleaban en uno u otro bando eran los mismos habitantes de esta tierra divididos entre la lealtad y la libertad.
Desde el fin del proceso independentista
Alcanzada la definitiva emancipación en el año 1818, la sociedad chilena o más bien la élite social se hizo una pregunta: Ya hemos alcanzado el objetivo de ser libres, ahora ¿Cómo nos organizamos? ¿Cómo organizamos esta república que nace? Dos visiones se contrapusieron, una que abogaba por conservar los valores tradicionales de la colonia, con un fuerte apego a la Iglesia Católica, con un fuerte autoritarismo y la otra visión, que abogaba por las libertades individuales, por un alejamiento de los valores tradicionales de la sociedad colonial. El enfrentamiento era inevitable. Y se produjo. Quizá el día 17 de abril de 1830 sea la siguiente fecha clave de la historia de Chile, luego del 18 de septiembre de 1810 y 5 de abril de 1818, pues en aquel día se libró la batalla de Lircay, que enfrentó al bando liberal (Pipiolo) contra los conservadores (Pelucones). Estos últimos vencieron, e impusieron su propia visión de Estado, inspirados en el genio político de Diego Portales, dando origen a la Constitución de 1833, la que más tiempo ha regido en nuestra historia republicana.
Posteriormente, fue la guerra contra la Confederación Perú Boliviana de 1837 la que en definitiva aunó a la nación chilena en torno a ideales comunes, y los hizo tener conciencia de que el país unido podía proponerse metas ambiciosas y lograrlas llevar a cabo.
Desde el gobierno de Manuel Montt Torres
Sin embargo, la cuenta pendiente entre liberales y conservadores se iba a cobrar dos guerras civiles en los años siguientes. La falta de libertades y el intervencionismo electoral descarado provocaron dos enfrentamientos entre liberales y conservadores en 1851 y 1859, ambos en el periodo del Presidente Manuel Montt. Recién en 1861 pudo llegar al poder por primera vez en más de 30 años un gobierno liberal de la mano de José Joaquín Pérez, quien introdujo tímidas reformas a la carta constitucional, que eliminaron la reelección presidencial inmediata.
Sin embargo, nuevas amenazas a la soberanía de Chile se cernían en el horizonte del Océano Pacífico. Una flota española al mando del Almirante Pinzón se presentaba para ajustar cuentas con el gobierno peruano. Chile, movido por un sentimiento americanista corrió en ayuda del Perú, lo que a la larga le costó el bombardeo de Valparaíso en 1866 y la pérdida de miles de pesos en mercadería almacenada en el puerto. Lejos de agradecer el gesto hidalgo, el gobierno peruano inició una campaña internacional para unir a otros países en contra de Chile, llegando a la firma del tratado secreto con Bolivia en 1873, al que se trató de arrastrar a la Argentina. Todo esto desembocó posteriormente, junto a la violación de Bolivia del tratado de 1874, a la guerra del Pacífico. Esta guerra dio muchos héroes a Chile, basta con recordar a Prat, a Carrera Pinto, al General Baquedano y tantos miles que derramaron su sangre en el desierto, muchos sin saber por qué y para qué peleaban. Sólo el llamado de la patria en peligro les bastaba para dejar atrás arados, picotas, familias, fortunas y placeres y tomar las armas para defender su tierra. Así, este pueblo venció en esa guerra, y selló el destino de lo que sería este país en los años siguientes.
La Guerra Civil de 1891
Sin embargo, luego del triunfo la clase política no estaba sosegada, y comenzaron las discusiones sobre cuál era el mejor destino y uso que se le podía dar a la nueva riqueza incorporada por Chile: el salitre. La mayor parte quedó en manos inglesas, y eso era considerado injusto por algunos políticos y lo mejor por otros. Entre los que consideraban que era injusta esta repartición estaba el Presidente Balmaceda, quien se enfrentó a una férrea oposición en el parlamento, incluso entre sus propios aliados. Su programa de obras públicas era considerado muy ambicioso e irresponsable por sus enemigos, por su alto costo. Balmaceda creía – con razón – que el salitre podía dar más para Chile. De ahí que quisiera y tratara de dejar el salitre en manos chilenas – ni siquiera en manos del estado – con el objeto de aumentar las rentas del Estado para financiar grandes obras en beneficio del país. El conflicto estallaría mediante una guerra civil que ensangrentaría el suelo chileno por ocho meses en 1891, y que concluiría con la victoria del Congreso por sobre el Presidente. Las cosas a partir de entonces serían distintas.
El Parlamentarismo a la chilena
El Congreso triunfante no reformó la Constitución de 1833, sino que le dio una nueva interpretación de carácter parlamentario, lo que hizo que la oligarquía triunfante mediante alianzas a conveniencia entre partidos controlara este país desde 1891 hasta 1924. El Presidente de la República era un adorno colocado en el Palacio de La Moneda, con escaso poder efectivo, un mero espectador sentado en su sillón presidencial, mientras veía como sus ministros eran destituidos uno tras otro en virtud de las alianzas políticas en el parlamento. Fueron años de atraso y de estancamiento, de corrupción, de intereses mezquinos, y también años en que surgieron nuevas esperanzas para los eternos postergados, quienes dieron sus primeros pasos en las reivindicaciones de sus derechos, comenzando a partir de entonces a nacer una nueva fuerza social que haría sentir su voz y haría sentir su peso en los años posteriores: la clase media.
Un hombre tuvo la inteligencia de dirigir su mirada a esta clase media y a la clase baja, de conquistarlos mediante su oratoria, "querida chusma" los llamaba, y logró llegar a la Moneda. Se trataba de Arturo Alessandri Palma, quien gobernó entre 1920 y 1924 y parte de 1925. Bajo su gobierno surgieron con fuerza todos los grandes males del pseudo parlamentarismo chileno, pero había un nuevo actor social que contaba con la fuerza suficiente para no dejarse callar, pues ahora la gente estaba más informada y preocupada de su propio destino. Las fuerzas armadas se sumaron a estos sentimientos y quisieron jugar un activo rol en estos cambios que se venían exigiendo, y se hicieron sentir. El ruido de sables que hicieron algunos oficiales en las tribunas del Congreso Nacional apuró el despacho de muchas leyes sociales dormidas por años en el Congreso, pero también minaron la autoridad del Presidente Alessandri, quien presentó su renuncia, la cual no fue aceptada, dándosele un permiso por seis meses para salir de Chile. Se sucedió una junta militar tras otra, pero el pueblo quería de vuelta a su león, y no hubo más remedio que mandarlo a traer de vuelta. La llegada de Alessandri en marzo de 1925 fue apoteósica, pero también con sus condiciones: había que reformar la Constitución de 1833, pues ya no daba para más. Así, rápidamente se introdujeron los cambios que el país en ese momento necesitaba para salir de la crisis política arrastrada de hace años, y en los pocos meses que quedaban de 1925 se dictó esta nueva Constitución, que si bien remediaba muchos males, también traería otros que estallarían décadas después.
Segunda anarquía
Sin embargo, no fue tan fácil desprenderse de la influencia de las fuerzas armadas. Ya habían demostrado que las armas pueden conquistar el poder. Y les gustó. Así, surgió la figura de un nuevo hombre fuerte, el Coronel Carlos Ibáñez del Campo, quien gobernaría en la sombra y luego personalmente hasta 1932. De esta manera, entre 1925 y 1932 hubo un periodo de mucha inestabilidad política. Sólo este último año, con el retorno del León las cosas se calmaron un poco, y se pudo obtener una relativa tranquilidad y normalidad constitucional. Sin embargo, nada sería igual, pues las disputas políticas no sólo se libraban en los hemiciclos del parlamento, sino que también en las calles, surgiendo en aquellos años grupos armados que defendían sus posturas en disputas callejeras, inspirados en los modelos italiano fascista, nazi, y comunista de Europa.
Pedro Aguirre Cerda. Los gobiernos radicales
A un año que finalizara la década de los 30 del siglo XX, un hombre bajito, bonachón y moreno llegaba al poder. Se trataba de Pedro Aguirre Cerda, a quien el destino quiso que enfrentara la peor desgracia humana que ha conocido este país, pues apenas un mes después de su llegada a La Moneda debía enfrentar el peor terremoto en la historia de Chile en cuanto a víctimas. Ciudades enteras, entre ellas mi ciudad de Chillán, quedaron devastadas. Miles de muertos y desaparecidos. El país, sin embargo, debía levantarse y lo hizo. La visión del Presidente Aguirre Cerda fue mucho más allá de la sola reconstrucción del país tras el sismo. Él entendió que había que dar un paso más allá y poner a Chile a la altura de las naciones más industrializadas. Y así nació la CORFO, la cual industrializaría al país en distintos ámbitos, haciendo que Chile marcara la diferencia en muchos aspectos respecto a nuestros vecinos: acero, azúcar, electricidad, etc. eran producidos en Chile, por industria chilena.
El Presidente Aguirre murió sin ver terminado su periodo, el país lo recuerda con mucho cariño como uno de los Presidentes más queridos de la historia. No había encuestas ni prensa que las inflara. Era puro sentimiento popular que se reflejó en el sentido homenaje que la gente le dio cuando él murió en 1942.
Aguirre Cerda dio inicio a un periodo de gobiernos radicales que finalizaría con González Videla en 1952. Ese mismo año llegó un viejo conocido del Palacio de La Moneda, pues el general que hace poco menos de 20 años atrás tantos dolores de cabeza dio a Alessandri y sus sucesores inmediatos volvía al poder, esta vez por el poder de los votos y no de las armas. Su símbolo era una escoba, porque decía él que barrería con la corrupción. Se trataba de Carlos Ibáñez del Campo. Sin embargo, cayó en los mismos vicios que prometía terminar. Le sucedió el hijo del León, Don Jorge Alessandri, un hombre austero, soltero, que provenía del mundo empresarial, y que detestaba a la prensa. Le gustaba caminar desde su casa de la calle Phillips en la Plaza de Armas de Santiago hasta la Moneda, sin saludar a ninguno de los que a su paso con vivas y aplausos salían a su encuentro. Le tocó a este hombre enfrentar el peor terremoto de la historia del mundo desde que son medidos por instrumentos. La tierra se movió el 21 y 22 de mayo de 1960 en dos violentos sismos en Concepción y Valdivia respectivamente, que cambiaron el paisaje del sur de Chile, y que cobraron miles de víctimas. Otra vez Chile debía levantarse, y lo hizo.
El mundo está cambiando
Llegaron los años 60 del siglo XX, y el país se hacía nuevas preguntas sobre su destino. Los triunfos revolucionarios de izquierda en algunos países y los nuevos movimientos sociales, la masificación de los medios y su mayor rapidez hicieron que en Chile surgieran nuevas corrientes de pensamiento, cada una segura de tener la mejor opción para el futuro del país. Muchas veces la opción era muy grave, pues se trataba de elegir entre la democracia tal y como venía funcionando o entre formas totalitarias de gobierno. Eduardo Frei Montalva encarnaba la primera de las opciones, pero también quería darle en el gusto a los que querían cambios más rápidos, y se llamó a su gobierno como la "revolución en libertad". Dio pasos importantes en mejorar las condiciones de los más humildes y de la clase media. Fue el que inició con fuerza el proceso de reforma agraria que tantos dolores de cabeza traería más adelante. Sin embargo, había gente que creía que esto no era suficiente, que no era una "revolución", sino meras reformas.
La Unidad Popular
La Constitución de 1925 no tenía la segunda vuelta presidencial para el caso que ninguno de los candidatos obtuviera la mayoría absoluta. Así, en las elecciones de 1970 Allende obtuvo poco más de un 36% de los votos, es decir, casi dos tercios del país no compartían su visión política. Sin embargo, la Constitucíon indicaba que el Congreso Pleno debía elegir entre quienes obtuvieron las dos más altas mayorías. La tradición indicaba que el Congreso elegía al candidato más votado, pero decir eso en 1970 no era tan fácil. Había mucho más en juego que mantener una tradición política. A ello se sumó que el segundo en el orden de preferencias, el ex Presidente Alessandri, señaló poco antes de las elecciones que aquel que ganara por un voto debía ser Presidente de Chile. Fueron meses de nerviosismo entre septiembre de 1970 – mes de la elección – y noviembre de 1970, en que debía decidir el parlamento. Los grupos políticos opuestos se alarmaron, el gobierno de Estados Unidos también, y se llegó a cometer la vileza de asesinar al Comandante en Jefe del Ejército, General René Schneider con el objeto de provocar que las Fuerzas Armadas intervinieran impidiendo la inminente llegada de Allende al poder. Sin embargo, se supo cuál era el verdadero sentido de este plan, y el efecto fue el contrario al esperado, pues la Democracia Cristiana, quien negociaba su apoyo a Allende en la elección en el Congreso Pleno decidió su voto por éste, no sin antes llegar a un acuerdo que se llamó "Estatuto de Garantías", lo cual significaba que Allende debía respetar las garantías constitucionales como la de prensa, reunión, la de propiedad, etc. Y se hizo la elección, y Allende se terció la banda presidencial el 4 de noviembre de 1970, siendo el primer marxista en llegar al poder por medio de mecanismos constitucionales.
Hay que tener presente que Allende tenía un ambicioso y bien intencionado plan de reformas para el país, de orden político, económico y social, pero se enfrentaba a un problema, pues él en la votación popular había obtenido un poco más de un 36%, es decir, cerca de un 74% de los chilenos no eran sus partidarios, lo que sin embargo no fue óbice para que se le adhirieran nuevos partidarios posteriormente. Lo que quiero decir, y tratando de ser objetivo, es que Allende no contaba con la mayoría real para hacer los cambios tan profundos – revolucionarios – que quería hacer. El enfrentamiento era inevitable, y tal como pasó en el siglo anterior con Balmaceda, las cosas comenzaron a polarizarse cada vez más y el país comenzó a dividirse. El odio por razones políticas llegó hasta el núcleo más fundamental de la sociedad cual es la familia, y así padres e hijos y hermanos entre si llegaron a no hablarse e incluso a odiarse, según las distintas posturas políticas adoptadas respecto a los acelerados cambios que se venían produciendo.
El Régimen Militar Chileno
El boicot de los grupos de poder, la prepotencia de los funcionarios del gobierno, las tomas de fundo, las huelgas, el desabastecimiento empezaron a cundir por todo el país y lo único que cada chileno esperaba en el fondo de sí era que toda esta situación descontrolada llegara a su fin. El 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas pusieron dramático fin a esta caótica situación mediante un golpe de Estado, que terminó con el suicidio del Presidente Allende en su despacho.
Vendrían años oscuros para Chile, pues si bien el país pudo salir adelante, la roja mancha de las violaciones a los Derechos Humanos durante los 16 años y medio que gobernaron los militares mancharon todo un programa innovador e inédito en el mundo respecto a reformas económicas, cuyos frutos no se verían de inmediato, sino años más tarde, pues el cambio económico significó un giro de 180 grados entre pasar de una economía estatizada a una de libre mercado. El shock era inevitable, y significó mucho sufrimiento para algunas personas que perdieron sus empleos o vieron quebrar sus industrias y negocios. Nada de lo que se hizo hubiera sido posible de no estar la mano dura y armada de los militares, pues las manifestaciones sociales eran nulas o reprimidas como mejor lo saben hacer los militares, que son los profesionales de las armas.
Tanto los militares como toda la gente que apoyó la intervención militar veían el gobierno de las Fuerzas Armadas como algo temporal en espera de poder reconstruir la democracia luego del gobierno de Allende y del golpe militar. Así también lo entendían los militares en el poder. Es por eso que el régimen militar chileno fue un régimen autoritario y no totalitario. He ahí la gran diferencia con una pretendida dictadura marxista. Los militares sabían que gobernarían por un tiempo y después debían volver a sus cuarteles y el país a la democracia. Una dictadura marxista, en cambio, se veía como algo permanente en el tiempo, sin un fin determinado, una "revolución constante", como lo es en Cuba o en otros países comunistas, como China, la Unión Soviética de entonces, o Corea del Norte.
Pasaron los años, y éste régimen de "emergencia" se seguía prolongando sin ponerse plazos. Pinochet quería darle a Chile una nueva institucionalidad, a la vez de querer ser él personalmente el conductor del nuevo Chile que nacería de esta nueva institucionalidad. Es por esta razón que la aprobación de la nueva Constitución de 1980 traía consigo la aprobación de Pinochet como gobernante por ocho años más, en un mandato no ya de facto, sino constitucional. Votar por la constitución de 1980 sería votar por Pinochet. Así lo entendieron todos sus opositores y así lo entendió el propio régimen, que hizo todo lo posible por mantener a raya a la oposición al plebiscito, haciendo la consulta sin los medios necesarios para garantizar la transparencia que un proceso tan importante requería. Así, y no podía ser de otra manera, se impuso la visión de Pinochet en su nueva constitución, y comenzó un nuevo periodo ahora como Presidente constitucional, con un mandato de ocho años, garantizado por medio de disposiciones transitorias especialmente diseñadas para él. Al final de dicho periodo de ocho años, los chilenos debían elegir si prorrogar el régimen militar por ocho años más o llamar a elecciones libres.
La oposición a Pinochet en un principio organizó una serie de protestas en su contra, agravadas por la crisis económica de 1982. Los partidos de izquierda organizaban una oposición armada, mediante atentados, y asaltos bancarios para financiarse. Fueron años muy duros.
Finalmente, la oposición comprendió que el camino más lógico era seguir el juego establecido en la propia constitución para terminar con el régimen. Así, se unieron en un frente común de cara al próximo plebiscito – se "concertaron" en pro de la democracia — que decidiría la continuidad de Pinochet. La nueva constitución garantizaba la existencia de un registro electoral y de elecciones con un mínimo de imparcialidad y transparencia, elementos básicos de una democracia. Había que aprovecharlos, y así se hizo.
El triunfo del no es uno de los grandes hitos de la Historia de Chile de los últimos años, pues puso fin al régimen de Pinochet que pretendía prolongarse hasta 1997, y aunó a fuerzas políticas tan dispares que sólo 16 años antes se odiaban a muerte en lo político. Surgió así una nueva era dirigida por la Concertación de Partidos por la Democracia.
Una nueva democracia
Los problemas no se acabarían desde que el dictador se quitó la banda presidencial para entregársela al nuevo presidente electo democráticamente en 20 años, pues había que reacomodar las relaciones cívico-militares, pues las Fuerzas Armadas habían gobernado 16 años y medio, tiempo suficiente para generar costumbre. Fueron muchos los roces en los años inmediatamente siguientes, pues Pinochet, si bien no jefe de Estado, seguía siendo la figura más poderosa del país. Había temor, al comienzo, de perder la democracia.
Son muchos los hitos de este periodo, pero debo destacar uno clave, que se estudiará en la historia de Chile para siempre: la llegada de la primera mujer a la Presidencia de la República. Doña Michelle Bachelet desde su puesto de ministra de Defensa, con el apoyo de una prensa que seguía cada uno de sus pasos, su carisma personal, y las encuestas, logró posicionarse entre las opciones presidenciales y ganar las elecciones de 2005, transformándose en 2006 en la primera mujer Presidenta de Chile.
La Concertación logró en sus años de gobierno aunar a gran parte de la población en su proyecto para el país, dándole a Chile en total cuatro presidentes. Sin embargo, se instalaron en ella los mismos vicios que el poder detentado por tantos años trae, y comenzó a aparecer la corrupción de manera generalizada, sea en forma de sustracción de caudales, o en la forma más silenciosa y una de las que más molesta, y que consiste en ir copando lentamente el aparato estatal con personas afines a la coalición o partido gobernante, creándole cargos "ad hoc" para ir pagando el apoyo y la lealtad. Todo esto convierte a los Estados en figuras pesadas, burocráticas e ineficientes. Las reparticiones públicas se convierten en parcelas de poder entre los partidos de la Concertación, mediante el llamado "cuoteo". La ciudadanía siente esto, y si bien reconoce y agradece todos los avances alcanzados bajo estos gobiernos, exige rostros nuevos, ideas nuevas, que aseguren probidad y eficiencia. En definitiva, no exigen otra cosa que alternancia en el poder.
El año del Bicentenario
Es así como llegamos al año 2010, que tuvo un movido inicio, pues un gran terremoto afectó a gran parte de la zona central y sur de Chile, causando cientos de víctimas y daños calculados en 30.000 millones de dólares. Fue este el gran evento que opacó en parte a nuestro bicentenario, y que le dio la bienvenida a un nuevo Presidente, Don Sebastián Piñera, quien tendrá la tarea de reconstruir el país, tal como lo hicieron muchos de sus antecesores, como Prieto en 1835, Montt en 1906, Aguirre Cerda en 1939, Alessandri Rodríguez en 1960 y Pinochet en 1985, pero al mismo tiempo tendrá la grata tarea de dirigir las fiestas del Bicentenario. Son doscientos años de historia entre luces y sombras, entre divisiones y reencuentros. Los chilenos hemos pasado por muchas cosas, pero sabemos unirnos en las grandes tareas. No hay izquierda ni derecha, no hay civiles y militares, sólo chilenos, que con una empanada en la mano y un vaso de tinto en la otra, y al ritmo de una cueca gritan ¡¡Viva Chile!! Que todos ustedes tengan un feliz Bicentenario.
Publicado el 16 de septiembre de 2010 en Actualidad Nacional, Chile, Democracia, General, Historia, Política y etiquetado en Bicentenario, Chile, Historia. Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

ME A PARECIDO MUY INTERESANTE , TODA TU EXPOSICION.. ACERCA DE LA HISTORIA BREVE..PERO REAL DE CHILE.. ADEMAS MUY AD DOC. A LA FECHA ACTUAL… TE SALUDO..
NO ME QUEDA CLARO SI ESTE BLOG ESTA HECHO EN CHILE.. PERO SI ES ASI TE INVITO PARA QUE VEAS ESTE SITIO
http://usuarios007chile.wordpress.com
EN EL CUAL TE HE INTEGRADO EN UNA ENTRADA “POR RECOMENDACION ” PERO ..SI NO DESEAS LO ELIMINO.. ESPERO NO TE MOLESTES…ESCRIBEME SI DESEAS …CHAU CRISTIAN..
FELICES FIESTAS PATRIAS….
Hola ALPABRO, el sitio está hecho en Chile. Muchas gracias por tus comentarios, y no hay problema en integrarlo en tu blog. Saludos. Cristian V.